Somos así. Deseamos siempre lo que no tenemos, amamos a quien no nos ama y dejamos ir a quien quiere entregarnos el corazón. Nos empeñamos en hacer del tiempo el depositario de nuestra propia responsabilidad emocional: el tiempo lo cura todo, tiempo al tiempo, ya habrá tiempo.
Y el tiempo si es un factor decisivo para casi todo, pero jamás actúa sobre nosotros por si sólo. Simplemente pasa, ejecutes o no. Leo diariamente quejas de muchas personas, particularmente mujeres, que se quejan por estar decepcionadas, por haber dado más de lo que recibieron, por haber sido desilusionadas por alguien que no actuó como esperaban.
Pero ¿por qué la gente debería responder a nuestras necesidades y exigencias? Si das más de lo que recibes, el problema está en tus expectativas al momento de entregar, en tu propia incapacidad para reconocer que a quien le das, tal vez no quiere recibir l o que le das y lo acepta por educación. Hasta el día en que busca la manera, directa o indirecta de hacerte saber que no quiere seguir recibiendo tus generosas dádivas.
Ese día te ofendes, le satanizas, te victimizas y proyectas toda la bronca en el otro, que ya te había demostrado que no quería nada de lo que le dabas, pero tu ego insufrible no te permite ver claramente y reconocer que no te quieren ahí.
Le dices “Te amo”, te responde “Gracias”. Le ofreces estar “siempre”, cuando el otro sólo está disponible “de vez en cuando”. Le mandas tremendo choro conciliador, te responde con un emoticon (si acaso te responde, por cierto). Le prestas una lana, sales en la madrugada a estar a su lado, dejas que llore sobre ti, pero cuando llega el momento de: pedir l a lana de vuelta, solicitar auxilio a deshoras y llorar sobre su hombro, no aparece por ningún lado.
Y si te vuelve a llamar, para pedir alguna otra cosa, recuerdas tu noble promesa de estar siempre y vuelves a estar. ¿De quien es la culpa entonces? ¿Por qué nos empeñamos en cerrar l os ojos ante realidades tan aplastantes? ¡Y todavía nos damos el lujo de ofendernos después!
Las relaciones, como todo en la vida, se rigen por el principio de prueba y error. Pero a base del ejercicio de prueba y error, vamos adquiriendo más herramientas para detectar un error antes de probar. No es necesario ir enlodándose a cada paso cuando el agua es lo suficientemente turbia como para revelarnos que nada bueno puede haber en pisar ese charco.
No hagas de tu existencia un campo minado de fracasos: aprende a ver. Sube tu autoestima y baja de nivel a tu ego, comprende que podrás ser maravilloso, único e irresistible, pero no para todo el mundo. Que quien ayer te amó, si puede dejar de amarte. Que quien se ama a sí mismo, por mucho que pueda amarte, no permitirá que le lastimes. Y se irá si no sabes reconocer que tener a tu lado a alguien que te ama, es una oportunidad que hay que aprovechar todos los días.
Martirízate un rato, entiende tus errores y levanta la cabeza. No sientas culpa, pero tampoco culpes al otro de todo. Entiende, abre los ojos: la vida es corta. No le des entrada a quien de manera genuina, no te interesa. Habla claro, sobre aviso no hay engaño. Y ve, siempre ve. Si alguien quiere estar contigo, lo hará. Si quiere irse, se va a largar aunque le pongas diez mil trampas en el camino a la puerta de salida. No te desvivas en muestras de afecto por alguien que no quiere recibirlas. ¡Para de sufrir de una buena vez! No te engañes, ni te victimices: lo que hoy sientes es tu propia responsabilidad, la manera en que te conduces depende solo de ti.
Y a aquellos que siempre acuden a tu llamado, te prestan una lana, les prestas y te pagan, te permiten llorar sobre su hombro y te demuestran que para llamarles, la hora es lo de menos, a esos dales más de ti: son los que se lo han ganado a pulso y que te harán comprender que dar es un acto de amor, rebosante de generosidad, que siempre vale la pena ejecutar, pero solo con las personas correctas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario